Especiales Valor Compartido

Texto: Sara Pedrola
Foto: Ginnette Riquelme

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En el año 2011 los pescadores del Manglito, La Paz (Baja California), llevaron a cabo una veda responsable para la pesca del callo de hacha, un molusco cuyo precio en el mercado es alto. Ese paro que tenía como objetivo entender mejor el funcionamiento del animal para en unos años contar con una mayor reproducción y en consecuencia un mayor volumen, se vio colapsado por un problema que siempre había existido, el de la pesca ilegal.

Debajo de un pino torcido y solitario, un sofá viejo y cuatro sillas destartaladas se ubica la oficina de las mujeres del Manglito. Organizadas en dos grupos, el de mañana y el de la tarde, estas doñas consiguieron lo que sus maridos no, echar a los drogadictos que mal vendían su bien más preciado, el callo de hacha y el eco manejo de una zona degradada. “Lo que no pudieron ellos, lo hicimos nosotras”.

El Manglito, una zona de pescadores estigmatizada por las drogas y la pobreza, se enfrentaba entonces con un problema en la zona de adicción a la metanfetamina (cristal). Los adictos, aprovechando que el callo se encuentra en la orilla del manglar, se escondían detrás de los mangles y lo malvendían. Eran tiempos difíciles, las mujeres veían como sus maridos llegaban del mar con las manos vacías y como los drogadictos se llevaban su producto.

Así que decidieron organizarse. Catorce mujeres: La Chela, la Yaris, la Tita, la Marta, la Clau, la Dani…Siete en el turno de mañana y siete en el turno de tarde. Empezaron con la vigilancia, y ya llevan 4 años.

Pasaban las horas caminando por el manglar y con su propio cuerpo echaron a los drogadictos. Ellos las insultaban y gritaban que se fueran a la lavar los trastes. Que les trajeran a los maridos. Las amenazaron con cuchillos. Ante nada se doblegaron. Al revés.

“Desde ese momento yo me empecé a involucrar más”. Luego, los pescadores se organizaron en una cooperativa, OPRE (Organización de Pescadores Recuperando la Ensenada) y ahí hubo un conflicto de si entrábamos las mujeres o no. “Yo no creía en el proyecto mucho, no me interesaba meterme en la organización de pescadores, porque desde siempre nos habían dicho que las mujeres somos el relleno, el retaque, haciéndonos menos. Poco a poco fue cambiando, porque no nos considerábamos pescadoras y ahora sí. Nos toca subirnos a la panga (a las barcas), ir a matar almeja, hacer el cabo de vida, vender el producto etc. A lo largo de este tiempo hemos ido aprendiendo nosotras mismas quienes éramos porque tampoco lo sabíamos”.

La Chela (Graciela Olache) fue de las primeras que empezó vigilando en La Ensenada, desde el minuto uno empezó a convencer a otras mujeres a que se unieran para evitar el robo del callo de hacha. “Además, este lugar estaba muy feo, mucha basura, había robos… Otra de las actividades importantes era la limpieza de la zona, de monitoreo, registro…”. “Empezamos a hablar con las autoridades, y al principio no nos hacían caso, pero conseguimos una buena relación con la policía. Ahora los llamamos y, ¿cómo es que vienen Chela? Pero rapidíiiito”. “Hasta reportamos a un muertito que resultó ser un perro”.

Aprendizaje

Adriana Méndez recordó el miedo que sentía cuando se acercaba a la zona, “era un basurero, había mucho vandalismo”. Daniela Bareño siguió, “nos sentíamos muy inseguras en esta zona y cómo, si los hombres lo habían intentado y seguían robando, nos iban a hacer caso a las mujeres. Sí costó mucho trabajo, pero unimos fuerza y nos apoderamos de este lugar”. Con la Organización de Noroeste Sustentable el grupo de mujeres recibió diversos cursos de formación de forma continua, desde cómo monitorear las especies, de oratoria, incluso de pesca. “Hay mucho trabajo en el mar y no todo es físico. Ahí es donde las mujeres tenemos mucho que aportar, según Bareño.

Llegamos a cuidar a nuestro producto y de ahí vino el embellecimiento de nuestro lugar. Y fuimos aprendiendo el sentido del espacio donde estábamos. Con la CONANP (Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas) obtuvimos el eco manejo de este espacio (que ya lo tenemos desde hace dos años), lo que nos supone realizar renuncias, vigilar, monitoreo…” contó García.

El patriarcado en el sofá

Estas catorce mujeres tuvieron que enfrentarse día a día con los pescadores que no las dejaban ser partícipes en los trabajos diarios, pero luego llegaban a sus casas y los mismos pescadores eran sus maridos a los que se tenían que volver a enfrentar. “Mi esposo siempre me ha apoyado, pero tuvo miedo a que me encarara a la otra palomilla (los pescadores), tú siempre hablas, nunca te quedas callada…ese era el temor hacia mí”.

Ah, pero acá hay un caso muy importante. Antes ella, Doña Rosa, era quién siempre hacía el café. ¿Y ahora quién lo hace también? Mi marido. (Ríen todas). Yo pensé siempre le llevaría el café a la cama a mi esposo durante toda la vida, y mire, ahora me lo lleva a mí”.

Mi esposo también ha cambiado (interrumpió Claudia), hay veces que le toca cocinar a él y otras a mí. Así como yo le atiendo, él me atiende. Les mostramos que no queríamos competir con ellos, queríamos demostrar que somos capaces de hacer las cosas. Nada nos han regalado, todo nos lo merecemos”.

Pescadoras profesionales

Esa mañana hizo frío en La Paz, pero tocó salir a pescar mejillón. Las pangas con los pescadores llegaron cerca del Bar La Cuquita. Con sus botas y gorros separaron y limpiaron el material para la pesca. Mientras, Claudia, Marta y Michelle, prepararon los trajes de neopreno, las gafas, tubos… y esperaron su turno. Llegó la hora de salir a pescar.

Aprendieron en un taller en donde Marta, una mujer pescadora de Cozumel de 60 años, les contó su experiencia. Ella bucea a pulmón para pescar langosta en la Riviera Maya y empezó hace años, cuando en la lancha dejaba a su bebé y la carriola. Tras escuchar ese testimonio, la Cheli lo tuvo claro, ella también quería ser pescadora y aprender a bucear era el primer paso. Así que unas cuantas se sumaron al curso que se impartió en La Paz y ese reto también lo superaron. Ahora salen a bucear, convirtiéndose en pescadoras.

Avistamiento de Aves

Con el eco manejo que realizan las mujeres del Manglito lo que quieren es que La Ensenada sea una zona de disfrute para locales y turistas. Próximamente se instalarán dos torres de avistamiento que les permitirá tanto vigilar mejor como formarse para avistar aves y así poder encandilar a turistas que vayan en búsqueda de especies únicas en la zona. También sueñan con tener piraguas y poder rentarlas a turistas y quieren contar su historia. Quién sabe si cuando las Mujeres del Manglito expliquen en que consistió su lucha será debajo de ese pino verde y solitario.


“El patriarcado es el origen de un sistema poco sustentable”

A Liliana Gutiérrez, National Geographic le otorgó un proyecto para y por las mujeres que viven en la zona costera de La Paz (Baja California). Una zona pesquera estigmatizada donde la lucha social la protagonizan las doñas de la Comunidad del Manglito, que consiguieron lo que sus maridos pescadores no: Proteger el estero del Conchalito y contener la pesca ilegal del bien mas preciado por la comunidad, el callo de hacha. La bióloga, sentada en un bar y arropada por un poncho, en un inusual día frío en La Paz, explicó que “la razón por la que vivimos en un sistema poco sustentable es porque el patriarcado nos ha abocado a una falta de balance en nuestras vidas”.

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