Desigualdad y cultura del privilegio

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Colaboración de: Nora Méndez, directora de Fundación Aliat de Aliat Universidades

En torno al 12 de octubre, suelen revivirse cada año discusiones en torno a la llegada de Colón a América: ¿Fue descubrimiento? ¿Encuentro de dos mundos? ¿Fecha para celebrar o para recordar los agravios sufridos por los pueblos originarios?

¿Hemos superado ya dichas ofensas? Nuestro presidente pedía incluso hace algunos meses al gobierno español ofreciera una disculpa por ello, no obstante, no obtuvo respuesta satisfactoria.

Pero más que concentrarnos en lo ocurrido hace más de quinientos años, creo que valdría la pena reflexionar sobre la forma en que estructuras sociales y patrones establecidos entonces, tienen impacto en la configuración socioeconómica y política de los países de América Latina en la actualidad.

No son pocos los sociólogos, politólogos, antropólogos e historiadores que encuentran en la relación de sometimiento a grupos indígenas y el tráfico de esclavos desde África durante la colonia, una raíz importante para las dinámicas actuales entre los diferentes sectores socioeconómicos de la región.

La concentración de poder y explotación de los distintos grupos indígenas y negros por parte de los españoles y criollos, así como la apropiación de los recursos naturales -como explican los expertos- fueron el inicio de relaciones asimétricas que, lamentablemente, se reflejan aún hoy en sociedades altamente estratificadas y dispares.

Aún más grave es el hecho de que en nuestros países veamos como algo natural dichas prácticas desiguales; una cultura del privilegio en la que ni el acceso a bienes ni el ejercicio pleno de los derechos es igual para todos, como ha mencionado Alicia Bárcena, directora general de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), en diferentes ocasiones.

Dicha cultura se refleja en las instituciones, pero también estas mismas la reproducen, lo que genera un círculo vicioso que perpetúa la desigualdad.

En la cultura del privilegio, quienes ostentan el poder económico y político se rehusan a renunciar a las ventajas de las que han gozado en cuanto a acceso a bienes y oportunidades, lo que se refleja en prácticas de exenciones, evasión y elusión fiscal que operan de manera regresiva, reduciendo los recursos del Estado para aplicar políticas y programas redistributivos y compensatorios.

Dicha cultura se refleja en las instituciones, pero también estas mismas la reproducen, lo que genera un círculo vicioso que perpetúa la desigualdad.

En la cultura del privilegio, quienes ostentan el poder económico y político se rehusan a renunciar a las ventajas de las que han gozado en cuanto a acceso a bienes y oportunidades, lo que se refleja en prácticas de exenciones, evasión y elusión fiscal que operan de manera regresiva, reduciendo los recursos del Estado para aplicar políticas y programas redistributivos y compensatorios.

Asimismo, las personas en posición de ventaja hacen uso de los recursos –naturales, de capital y humanos— de manera en que puedan obtener la mayor utiliidad posible, sin buscar condiciones justas para sus empleados ni mucho menos buscar el cuidado del medio ambiente, que trata como propio, sin entender que es patrimonio de todos, de generaciones presentes y futuras.

Pero antes de voltear a señalar a aquellos villanos privilegiados vale la pena preguntarnos ¿De qué forma nos beneficiamos nosotros de esa cultura del privilegio? Quizá nuestro nivel socioeconómico nos coloca en posición de superioridad frente a otros en el acceso a oportunidades y desarrollo de capacidades.

Y no, no se trata de flagelarnos por gozar de privilegios, sino de reflexionar y entender si el contar con ellos está excluyendo a algún grupo o persona y, de ser el caso, qué puedo hacer para compensar su desventaja y ampliar su horizonte de posibilidades.  Necesitamos reflexionar de manera más amplia de qué forma reproducimos nosotros esta cultura del privilegio; estas prácticas y relaciones que, consciente o inconscientemente, excluyen al otro de las ventajas de las que nosotros gozamos o, al menos, no hacen nada por incluirlo. ¿Qué tan arraigado está en nosotros el orden colonial? Estudios realizados por instituciones como Oxfam, El Colegio de México y el Centro de Estudios Espinosa Yglesias dan cuenta de la forma en que el tono de piel sigue siendo un factor

¿Qué tan arraigado está en nosotros el orden colonial? Estudios realizados por instituciones como Oxfam, El Colegio de México y el Centro de Estudios Espinosa Yglesias dan cuenta de la forma en que el tono de piel sigue siendo un factor determinante para el acceso a oportunidades y, por tanto, para la movilidad social en México: mientras más oscuro es el tono de piel, menores posibilidades de mejorar las condiciones socioeconómicas de la persona.

A 527 años de la llegada de Colón al Nuevo Mundo, México sigue siendo un país profundamente racista, en el que las oportunidades se concentran en los de piel más clara y no valoramos suficientemente el sincretismo cultural que nos brinda el mestizaje.

Así, más que demostraciones públicas, la conmemoración del 12 de octubre debería llamarnos a la reflexión personal y colectiva en torno a nuestros privilegios, prejuicios y las posibilidades que, de modificarlos, podríamos ofrecer para contribuir a disminuir la tan marcada desigualdad en México y América Latina.

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